Hace apenas unos días, el 30 de noviembre de 2022, se abrió al público una herramienta llamada ChatGPT. No sabía muy bien qué esperar. Otro chatbot más, pensé. Algo limitado, con respuestas prefabricadas y poco útiles. Me equivoqué.
Lo que me encontré fue distinto.
Desde el primer momento, la sensación es extraña: escribes una pregunta y la respuesta no solo es coherente, sino estructurada, contextual y sorprendentemente humana. No se limita a devolver enlaces ni frases genéricas. Explica, argumenta, resume, compara. Es como si estuvieras hablando con alguien que ha leído demasiado… y nunca se cansa.
Una conversación que no parece programada
Lo más llamativo no es que responda, sino cómo responde. Puedes hacerle preguntas técnicas, pedirle que escriba un ensayo, que corrija un texto o incluso que simule una conversación. Y lo hace con una fluidez que rompe la expectativa que teníamos de los sistemas automatizados.
No es perfecto. A veces comete errores. En otras ocasiones responde con una seguridad que puede resultar engañosa. Pero incluso esos fallos son interesantes: no parecen fallos de máquina, sino más bien errores “humanos”.
El momento “internet”
Tengo la sensación —y no creo exagerar— de que estamos ante uno de esos momentos que luego se estudian con perspectiva histórica. Como cuando apareció Google, o cuando empezamos a usar smartphones.
Esto no es simplemente una herramienta para hacer preguntas. Es un nuevo interfaz con la información.
Hasta ahora, buscábamos datos. A partir de ahora, parece que vamos a poder dialogar con ellos.
¿Qué implica esto?
Todavía es pronto para saberlo con certeza, pero algunas ideas empiezan a dibujarse:
La forma de aprender puede cambiar radicalmente.
La escritura, el desarrollo de software o incluso la atención al cliente podrían automatizarse en gran parte.
Y, quizás más inquietante, será cada vez más difícil distinguir entre contenido generado por humanos y por máquinas.
Entre el asombro y la cautela
No todo son ventajas. Si esta tecnología evoluciona como parece, también planteará problemas serios: desinformación, dependencia, pérdida de ciertas habilidades cognitivas.
Pero hoy, a principios de diciembre de 2022, la sensación dominante es otra: asombro.
Porque por primera vez, una máquina no solo ejecuta instrucciones.
Parece que entiende lo que le decimos.
Y eso cambia las reglas del juego.